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Si pasan ustedes por Madrid, y tienen tiempo más que suficiente como para perdelo, no pueden dejar la ciudad sin ser testigos de este insólito e inaudito fenómeno. Calle Ibiza, esquina Narváez. Calle Narváez esquina Ibiza.

Existen situaciones que observadas puntualmente o incluso en períodos recurrentes, son tan banales que jamás atraerían nuestra curiosidad ni repararíamos en ellas. Otras que en un principio podríamos considerar considerar de un azar y de un carácter fortuito sin precedentes resulta que no lo son. Sin más, el hecho de que cada mañana nos crucemos al mismo vecino paseando a su pateable chiguagua cuando vamos al trabajo, no obedece más que a una lógica probabilística aplastante y desoladora, por mucho que nos empecinemos en su -inexistente- factor aleatorio. Que el ascensor de mi casa siempre esté en el último piso (que es el que menos vecinos tiene) realmente tiene su explicación lógica. Las casualidades y coincidencias, en la mayoría de los casos, no son tales, pero preferimos que lo sean. Nos gusta rebozarnos en la fortuna y el azar como forma de vida, reconózcanlo. Reconozcan también que alguna vez orinaron en la ducha.

Lo reconozcan o no, lo cierto es que les entiendo. Resultaría tedioso y de un esfuerzo titánico analizar todos nuestros encuentros, todas las situaciones que vivimos de una manera exhaustiva para depurar y separar el azar de nuestras vidas. Nuestro cerebro se volvería loco. Cuando Maricarmen y Paqui se encuentran el lunes en el puesto de verdura del mercado, sus mentes simplifican: "Maricarmen! Qué haces tú por aquí? Qué casualidad!!". Ni por un instante se paran a pensar que su encuentro realmente se debe a factores causales y no casuales; en ningún momento reparan en que para que se hayan cruzado en el mercado se ha producido una concatenación de factores de probabilidad más que habitual. Resultaría ridículo que lo hicieran.

Maricarmen siempre prepara coles de bruselas los lunes para Juanjo, su marido. Juanjo es viajante, y los lunes suele ser el único día que puede comer en casa. Junto con las coles, su comida preferida es la palometa. Ese día suele llegar sobre las tres de la tarde, dependiendo del tráfico. Su mujer le recibe con la mesa puesta y las noticias de Antena 3 en el televisor. Cuando Maricarmen, ama de casa, termina las tareas del hogar, a eso de las 12 siempre va al mercado a comprar coles de bruselas.

Paqui, empleada de Caja Madrid a punto de jubilarse, trabaja en la sursal que está junto a su casa, aunque realmente es su casa la que está junto a la sucursal, ya que decidió mudarse con su marido (Francisco, que en paz descanse) hace más de veinte años para estar más cerca del trabajo. Antes vivían en Villaverde. Paqui va al mercado dos veces a la semana todos los lunes y jueves a eso de las 12, aprovechando el descanso (no escrito) del pincho de mediodía. Le da tiempo a comprar y a subir a casa con la carga antes incluso de que los demás hayan vuelto. A Don Venancio, su jefe, no le gusta que la vean en el mercado en horas de trabajo, pero él, que también es vecino del barrio, siempre que puede se escapa a pasear al perro, también en horas de trabajo. Una vez, el pobre animal se hizo sus necesidades en la salita porque Don Venancio estaba trabajando.


Causal?, casual?, necesariamente causal? casual de necesidad? Al fin y al cabo, Paqui y Maricarmen se encontraron en el mercado y eso es lo que importa. Yo lo único que sé es que cada vez que cruce esa calle, el semáforo estará siempre en verde para mí.


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El viernes pasado communiqué finalmente mi decisión en la empresa en la que trabajo. Voy a permanecer en ella exactamente 22 días. Aunque no se han esforzado mucho por retenerme, agradezco el noble y falso gesto patronal de dejarme las puertas abiertas a una posible vuelta en un futuro. Me ha llegado al corazón. Las formas hay que mantenerlas siempre, y si bien en Recursos Humanos puede que haya caído algún rapapolvo por no incorporar personas comprometidas con la filosofía de la empresa, parecen haber entendido que mi transfuguismo se debía a una oferta irrechazable: El Banco estaba dispuesto a pagar mi cláusula de rescisión e iba a ser imposible retenerme allí contra mi voluntad. Al fin y al cabo, un trabajador desmotivado e indolente conculca los cimientos básicos del ya desaparecido neoliberalismo económico. Déjenle marchar.

Mientras espero al fin del presente contrato y a su consiguiente mellada mensualidad, medito en mi exilio cacereño si una experiencia laboral tan express merecería la pena ser recogida en mi curriculum. Espero paciente que todos los trámites administrativos se solucionen y finalmente me concedan el tan ansiado visado de trabajo que me permita regresar triunfal a Seúl. Tanto El Banco como las autoridades coreanas se están tomando con una calma excesiva todo el papeleo., pero mientras tanto, disfruto de mis últimos momentos en España, y reparto mis días entre Madrid y Cáceres.

Cáceres, la ciudad en la que viven mis padres y en la que me exilio cuando escapo de la capital es un pequeño, bello y agradable asentamiento medieval, sin estrés ni ambiciones. Declarada en 1986 ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es un remanso de paz en el que los funcionarios pululan salvajes y se reproducen eternamente generación tras generación. Para los cacereños es difícil regresar a Cáceres ya que pocos salen de ella (que la Junta les proteja). Para los turistas, es difícil no repetir.



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La vida en ocasiones da giros inexplicables, vertiginosos. En esta ocasión, los acontecimientos se han precipitado tan rápido que todavía me siento incapaz de asimilarlos... Sois vosotros los primeros en recibir la exclusiva.

Cuando hace menos de un mes dije adios a Seúl, siempre quise dejar las puertas abiertas a un posible retorno al país, al que ya considero como mi segunda patria. Puede al lector parecerle exagerada y superficial la anterior afirmación, pero lo hecho es que una aventura de año y medio en un país como Corea, puede llegar a dejar una profunda huella interior.

Me fui con los ojos envueltos en lágrimas consciente de que muy probablemente todo lo que dejara atrás nunca volvería a ser igual. Cuando prometí regresar, nunca pude imaginar que sería tan sólo unos días después de mi retorno. Llevaba apenas una semana trabajando en Madrid, en lo que a mi juicio era un buen puesto de trabajo. Mi familia estaba feliz con mi regreso, y yo también. No acababa ni siquiera de acomodarme definitivamente en la ciudad cuando recibí la llamada de El Banco...



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